"La puta y la ballena" es un largometraje que transcurre a dos bandas: por un lado, una escritora de mediana edad con marido e hijo pero que se siente irremediablemente sola y con un grave problema de salud, y por otro lado la historia, sucedida décadas antes, de otra mujer, una bailarina barcelonesa y un fotógrafo, en la Patagonia. Cuando en la mujer del presente caen unas fotos de la del pasado, casi por casualidad, esta comienza a escarvar en la trágica historia de la joven bailarina, conociendo poco a poco más detalles de su vida y, en cierto modo, iniciando un viaje de autocomprensión y autonocimiento. Conforme el metraje avanza, la historia gana en complejidad, y, aún a riesgo de caer en una excesiva densidad, encuentra una riqueza narrativa y metafórica fuera de lo normal, amén de encontrar paralelismos entre las dos mujeres que animan a la escritora a dar un paso mas en la historia de la primera.

Llena de simbolismo y con un poco frecuente peso poético, la película cuenta con una ambientación y escenografía grave aunque luminosa, que irradia sobre todo esperanza en la historia del presente, y oscura y deprimente, sin luz y casi sin colores en la del pasado, lo que conforma un acierto pleno y translada al espectador con sorpresivo acierto a un cabaret de la Pampa Argentina. Con sus dos protagonistas españolas (por exigencias del guión) y de resultado desigual (la mágnifica actuación de Aitana Sanchez Gijón no es correspondida por la de Mercé Llorens, que cumple y realiza un papel aceptable, pero cae a veces en la sobreactuación y otras, en cambio, resulta insuficiente) comparten papel con secundarios de lujo como un La dirección de Puenzo es por tanto brillante, capaz de aprovechar los constantes recobecos de su propio guión (que solo falla en la cohesión, al no conseguir fundir las dos historia en una sola, pese a conseguir como resultado dos historias pero de gran calado emocional) y superando con capacidad sus pequeñas lagunas.
[+] La historia del pasado, daría para una película solo aquella.
[-] Mercé Llorens y la falta de cohesión