Simplemete encomiable resulta que un hombre entrado en los 69 años sea capaz de cambiar, aunque, por supuesto, manteniendo siempre su personal estilo. Por que así se podría definir la nueva cinta de Woody Allen respecto a su carrera: cambio generalizado, nuevo rumbo de un director que se empeña en callar a aquellos que aseguran que no tiene, ya, a estas alturas, nada que ofrecer. Y si bien es cierto que su obra comenzaba a resultar, aunque muy disfrutable, lejana al mejor Woody Allen, este cambio vital (que podría escenificarse a grandes rasgos con ser su primera película lejos de los EEUU y, también, la primera en superar los 100 minutos) refresca y revitaliza la nueva obra de Allen, consigue frescura, se siente cómodo y se ve y firma, después de tanto tiempo de películas (solo, es una manera de hablar) correctas, una nueva obra maestra.

Para ello, Allen se saca de la manga una historia que mezcla el cine negro, el detectivesco y sus habituales historias de enredos, mezclandolos de modo magistral, tomando siempre lo mejor de cada género y, aunque con alguna concesión a la comedia, concibiendo finalmente una cinta de un dramatismo tan absoluto como mordaz desde una narrativa clásica. Ayuda a crear esto unas interpretaciones inconmensurables, con una Scarlett Johanson que se supera a si misma por momentos (pese a su desafortunado doblaje) pero que no eclipsa el tambien genial trabajo de sus compañeros de reparto y, sobretodo, el magistral uso de la música, que toma esta vez la tragedia operística en lugar del habitual jazz (consiguiendo crear esta atmosfera única), que completan, por tanto, el mejor film de Allen en mucho tiempo.
[+] Que Allen demuestre que aún tiene mucho que ofrecer.
[-] El doblaje de Scarlett Johansson.